Romance
14 to 20 years old
500 to 1000 words
Spanish
Story Content
Marcos, sobre su patineta, y Candy, caminando a su lado, recorrían los pasillos del colegio, perdidos en un mar de rostros desconocidos. Sus acentos mexicanos resonaban mientras buscaban sus clases. "¿Estás segura que esta es la dirección, Candy?", preguntó Marcos, con un dejo de impaciencia. Su hermana, con su estilo emo/gótico, consultó el papel por enésima vez. "Sí, wey. ¡Esta cosa es enorme!", respondió Candy, dejando salir su característico deje mexicano.
Finalmente, Candy divisó su aula. "¡Bingo! Esta es mi clase de batería. Buena suerte encontrando la tuya, hermanito. ¡Y no te metas en problemas!", dijo, con una sonrisa socarrona antes de desaparecer tras la puerta.
Marcos, ahora solo, seguía su búsqueda cuando, de repente, ¡pum! Chocó contra alguien. Cayó de bruces, sintiendo un dolor agudo en la rodilla. "¡Ay! ¡Perdón! ¡Lo siento muchísimo!", exclamó, incorporándose rápidamente. Levantó la vista y se encontró con un chico de piel blanca, pelo negro y un piercing en la ceja. Era Iván, con su mirada seria y penetrante.
Iván estaba parado junto a sus amigos. La escena era muy rocanrolera, había cables y un ambiente muy oscuro. En el mismo salón estaba Bruno, el bajista, que soltó una carcajada, Lola la tecladista quien analizaba a Marcos de arriba a abajo, y Matias, el baterista, solo atino a reirse un poco y preguntar a Ivan si este se encontraba bien.
Marcos, algo aturdido, rebuscó en su mochila la hoja con su horario. "No te preocupes", dijo con su característico acento mexicano, "Sólo estaba viendo... Eh... ¿Disculpen, saben dónde está el salón de arte, el A-12?"
Antes de que Iván pudiera responder, Bruno, el bromista bajista, intervino: "¡Mira, un mexicano! Por el acento, ¿verdad?"
Iván, con voz monótona, simplemente señaló un pasillo: "Al final de este corredor, a la izquierda".
Marcos, agradecido, se despidió con una sonrisa nerviosa y se apresuró a alejarse, dejando atrás a la peculiar banda. Iván frunció el ceño. Al verlo alejarse Matias comento "Wow Ivan! Ese chico tiene un gran trasero!" e Ivan simplemente pidio que mejor ensayaran.
Apenas Marcos se hubo ido, Bruno no tardó en soltar: "¡Hey, Iván! ¿Viste qué lindo es el mexicano? Tiene un aire... interesante". Matías asintió con entusiasmo: "¡Y qué nalgas! Pero no nos distraigamos". Iván, impasible, cortó la conversación: "Concéntrense en el ensayo, por favor".
Los amigos de Iván no se dieron por vencidos. Bruno y Matías comenzaron a planear cómo integrar a Marcos al grupo, convencidos de que su personalidad sociable y amigable encajaría perfectamente con el ambiente relajado de la banda. Iván, por su parte, parecía totalmente indiferente. Siempre se mantenía al margen, perdido en sus propios pensamientos y en la música.
Pocas semanas después, Bruno y Matías finalmente convencieron a Marcos para que fuera a una fiesta que organizaban en casa de Lola. Marcos aceptó, más por no parecer descortés que por verdadero interés. Llego el dia de la fiesta.
La fiesta estaba en pleno apogeo cuando Marcos se sintió un poco abrumado por el ruido y la multitud. Buscando un poco de tranquilidad, se escabulló hacia una habitación que parecía estar vacía. Entró y cerró la puerta tras de sí. "¡Por fin, un poco de paz!", murmuró.
Al darse la vuelta, se encontró con Iván, sentado en un sillón, absorto en un cuaderno. Parecía estar escribiendo algo. La incomodidad inundó a Marcos. El silencio se hizo denso, solo interrumpido por la música que llegaba amortiguada desde el exterior.
"¿Puedo... puedo sentarme aquí?", preguntó Marcos, señalando un sillón cercano. Iván asintió con un gesto, sin levantar la vista. Marcos, aún sintiéndose nervioso, se acomodó en el sillón. El cansancio lo venció y, poco a poco, se quedó dormido.
Iván, al notar que Marcos se había dormido, dejó el cuaderno a un lado y lo observó detenidamente. Bajo la tenue luz de la habitación, sus rasgos se suavizaron, dejando al descubierto una belleza inocente y tierna. Sintió una punzada en el pecho, algo que nunca antes había experimentado. Empezó a tararear una pequeña melodia.
Al rato, Marcos se despertó. Sus ojos se encontraron con los de Iván, que lo observaba fijamente. Una corriente eléctrica recorrió su cuerpo. Iván, sin decir una palabra, se acercó lentamente y lo besó. Fue un beso suave al principio, pero luego se volvió más intenso, más demandante. Marcos se dejó llevar, sorprendido y confundido a la vez.
Aturdido por el beso y por sus propios sentimientos encontrados, Marcos se alejó de Iván y salió corriendo de la fiesta. Regresó a su casa, donde Candy lo esperaba impaciente.
"¡Tienes que contármelo todo!", exclamó Candy, en cuanto vio la expresión alterada de su hermano. Marcos, tartamudeando, le relató lo sucedido en la fiesta, omitiendo, claro, el beso. Candy, experta en descifrar el lenguaje corporal de su hermano, intuyó que algo más había pasado.
A partir de ese día, cada vez que Marcos e Iván se cruzaban, Marcos se sonrojaba inevitablemente. Iván, consciente del efecto que provocaba en el mexicano, lo miraba con una sonrisa enigmática en los labios, disfrutando de su confusión.
Una tarde, Marcos se encontraba solo en el aula de arte, pintando un cuadro. Estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que Iván y sus amigos pasaban por el pasillo. Iván, al verlo solo, se despidió de sus compañeros con un pretexto y entró al aula.
Marcos, al oír la puerta, se sobresaltó y se giró. Iván, sin mediar palabra, se acercó a él con determinación y lo besó. Esta vez, el beso fue más agresivo, más posesivo. Iván lo levantó en sus brazos y lo sentó sobre una mesa. Marcos, sin poder evitarlo, manchó la espalda de Iván con la pintura que tenía en las manos.
A partir de ese momento, Iván comenzó a buscar a Marcos en los momentos más inesperados. Lo besaba a escondidas en los pasillos, lo tocaba con disimulo en el aula de arte, e incluso, en algunas ocasiones, llegaban a tener encuentros íntimos. La relación entre ellos se intensificaba día a día, pero seguía siendo un secreto, un juego peligroso que ambos disfrutaban con la misma intensidad.